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Cómo vivir sin dejar que el mal nos cambie

  • Foto del escritor: Elías
    Elías
  • 25 dic 2025
  • 3 Min. de lectura

Muchas personas se hacen la misma pregunta en silencio, a veces en voz alta, pero casi siempre solo para sí mismas: ¿cómo vivir en un mundo que hiere a las personas sin volverse duro, resentido o amargado?


Jesús responde directamente a esa pregunta. No con teoría, sino con una forma de vivir que protege el corazón y lo abre hacia Dios.

Comienza revelando cómo es Dios. “Sean misericordiosos, como su Padre es misericordioso”, dice, apoyándolo todo en el carácter mismo de Dios (Lucas 6:36). En español, la palabra misericordia puede sonar lejana o poco usada, pero en el sentido que Jesús le da es muy concreta. Misericordia no es solo sentir pena por alguien. Es dejar que el sufrimiento del otro te afecte lo suficiente como para acercarte y actuar. Es compasión que se mueve. Es ver a una persona herida, detenerte, cruzar la distancia y hacer algo por su bien. Eso es lo que Jesús señala una y otra vez cuando habla de misericordia.



La misericordia no es algo que inventamos. Es algo que reflejamos. Jesús va aún más lejos y describe a un Dios que “es bondadoso con los ingratos y los malvados” (Lucas 6:35). Esto desafía de inmediato nuestros instintos. En la enseñanza de Jesús, la misericordia no está reservada para quienes se la ganan.


Por eso, cuando Jesús habla del destino final de la vida, dice sencillamente que “los justos irán a la vida eterna” (Mateo 25:46). La justicia, tal como Jesús la describe, no es perfección moral ni desempeño religioso. En su enseñanza sobre el juicio, los justos son quienes dieron de comer al hambriento, acogieron al extranjero y cuidaron al enfermo y al encarcelado. Y se sorprenden de ello. La misericordia se había vuelto tan natural para ellos que no la reconocían como algo extraordinario.


Pero Jesús no se queda en los casos fáciles. Lleva la misericordia hasta su límite más incómodo. “Amen a sus enemigos”, dice, y luego lo hace completamente concreto: “oren por los que los persiguen” (Mateo 5:44). Un enemigo, aquí, no es alguien que simplemente piensa distinto. Es alguien que hace daño. Alguien injusto. Alguien que hiere.


¿Por qué pedir algo así? Jesús lo explica de inmediato. Amar a los enemigos refleja a Dios mismo, “que hace salir su sol sobre malos y buenos” (Mateo 5:45). El punto no es la equidad. El punto es el parecido. Jesús está describiendo cómo es vivir como hijos del Padre.


No pide a las personas que fuercen sentimientos que no tienen. En su lugar, ofrece una práctica: la oración. “Oren por los que los persiguen.” La oración hace algo sutil y poderoso. Saca el juicio del corazón y lo pone en manos de Dios. Por eso Jesús advierte: “No juzguen, y no serán juzgados” (Lucas 6:37). La misericordia crece allí donde el juicio es soltado.


Si no se detiene, el dolor sigue un camino previsible: la herida se convierte en resentimiento, el resentimiento en represalia, y la represalia en escalada. Jesús enfrenta este patrón directamente. Cuando la violencia está a punto de desatarse, dice: “Vuelve tu espada a su lugar” (Mateo 26:52). La misericordia interrumpe el ciclo. Se niega a permitir que el mal decida en qué nos convertimos.


Jesús no habla desde una distancia segura. Vive lo que enseña. Mientras es ejecutado bajo una injusticia extrema, ora: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34). En la enseñanza de Jesús, la misericordia no es abstracta. Es algo que se vive bajo presión y con costo.


Para Jesús, esta manera de vivir es inseparable de la vida con Dios. Define la vida eterna no como tiempo sin fin, sino como relación: “Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero” (Juan 17:3). La comunión con Dios y la misericordia hacia los demás van juntas. Por eso insiste en que la reconciliación importa más incluso que los actos religiosos, diciendo que si recuerdas que alguien tiene algo contra ti, vayas primero a reconciliarte (Mateo 5:23–24).


La respuesta de Jesús al miedo de volverse duro no es el aislamiento ni la venganza. Es la misericordia. La misericordia mantiene el corazón abierto. Mantiene a la persona alineada con Dios. Mantiene la vida avanzando hacia la comunión, no hacia el aislamiento.


Y así, Jesús termina con una promesa que suena menos a recompensa y más a una verdad silenciosa sobre la realidad misma:“Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia” (Mateo 5:7).


En un mundo que hiere, la misericordia es la forma en que una persona permanece íntegra.

 
 
 

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