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Por qué es tan importante no juzgar a los demás

  • Foto del escritor: Elías
    Elías
  • 25 dic 2025
  • 3 Min. de lectura

Muchas personas sienten una tensión que no saben nombrar del todo. Queremos hacer lo correcto. Queremos proteger lo que es bueno. Queremos entender el mundo. Y, sin embargo, casi sin darnos cuenta, algo duro empieza a crecer dentro de nosotros cuando el juicio se convierte en nuestra postura habitual. Las relaciones se fracturan. La compasión se desvanece. El corazón empieza a estrecharse.


Jesús habla directamente a ese lugar. No comienza con una teoría complicada, sino con una frase sencilla que llega de lleno a la manera en que nos relacionamos con los demás:

“No juzguen, y no serán juzgados” (Lucas 6:37).



Jesús no está pidiendo que dejemos de preocuparnos por el bien y el mal. Está señalando algo más profundo: el impulso de colocarnos por encima de otros, de decidir no solo lo que alguien hizo, sino lo que es, de hablar como si pudiéramos ver toda su historia, sus motivos, su valor. Ese tipo de juicio transforma a quien lo lleva dentro.


Jesús dice que lo que proyectamos hacia fuera vuelve hacia dentro: “Con la medida con que midan, se les medirá” (Lucas 6:38). En otras palabras, el juicio educa el corazón. Nos enseña a examinar a las personas buscando fallos. Nos convierte en fiscales de conversaciones cotidianas. Nos vuelve rápidos para etiquetar y lentos para comprender. Y con el tiempo, no solo cambia la forma en que vemos a los demás. Cambia en quién nos convertimos.


Luego Jesús ofrece una imagen difícil de olvidar: “¿Por qué miras la astilla que está en el ojo de tu hermano y no te das cuenta de la viga que está en tu propio ojo?” (Mateo 7:3). Así funciona el juicio. Afina nuestra atención hacia los defectos más pequeños de los demás mientras nos deja ciegos ante lo que es pesado y no resuelto en nosotros mismos. El problema no es que la astilla no exista. El problema es que el juicio nos hace mirar sin humildad.


El camino de Jesús es distinto. Llama primero al examen personal, no como desprecio de uno mismo, sino como claridad: “Saca primero la viga de tu propio ojo” (Mateo 7:5). No para convertirnos en mejores jueces, sino para convertirnos en personas sinceras y delicadas. Para poder ver con claridad sin necesidad de condenar.


Jesús también vincula el juicio con lo que le hace a la compasión. Coloca el mandato junto a otro: “No juzguen… perdonen, y serán perdonados” (Lucas 6:37). El juicio cierra el corazón. El perdón lo abre. El juicio crea distancia. El perdón la cruza. Estas dos maneras de vivir forman personas completamente distintas.


Una de las escenas más claras ocurre cuando una mujer es llevada ante Jesús, acusada públicamente y condenada, rodeada de personas dispuestas a castigarla. El ambiente está cargado de certeza. Todos saben lo que debería pasar. Jesús responde con una frase que detiene el momento por completo: “El que esté sin pecado, que tire la primera piedra” (Juan 8:7). Uno a uno, se van marchando.


Jesús no trata el pecado con ligereza. Pero se niega a la condena. Se niega al impulso humano de convertir el juicio en violencia. Protege a la persona que tiene delante de una multitud que ha olvidado su propia necesidad de misericordia.


Jesús sabe algo que muchas veces aprendemos demasiado tarde: la postura que adoptamos frente a los demás se convierte en la postura que esperamos de Dios. “No juzguen, para que no sean juzgados” (Mateo 7:1). Un corazón que juzga imagina a un Dios que juzga. Un corazón que practica la misericordia se vuelve capaz de recibir misericordia. El juicio no es solo un problema social. Es un problema espiritual.


Por eso Jesús une la vida con Dios a lo que ocurre entre las personas. Incluso dice que la reconciliación importa más que los actos religiosos: si recuerdas que alguien tiene algo contra ti, ve primero a reconciliarte (Mateo 5:23–24). El juicio rompe la comunión. La humildad la restaura.



Y por eso esta enseñanza es tan importante hoy. Vivimos en un mundo entrenado para juzgar de inmediato, especialmente en público. Evaluamos, etiquetamos, condenamos y seguimos adelante. Jesús ofrece otro camino. No confusión moral. No silencio frente al mal. Sino contención del corazón. Lentitud para condenar. Disposición a ver a una persona como humana antes de convertirla en un veredicto.

No juzgar no significa llamar bueno a lo que es malo. Significa negarse a ocupar el lugar de Dios.

Jesús nos invita a un camino más silencioso y más exigente: examinarnos primero a nosotros mismos, elegir la humildad en lugar de la superioridad, reemplazar el juicio por la oración y dejar que Dios sea el juez mientras aprendemos a ser personas que aman.


Porque un corazón gobernado por el juicio no puede permanecer abierto.Y un corazón que no puede permanecer abierto no puede amar.


Por eso Jesús insiste:“No juzguen.”

 
 
 

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