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La vida que permanece

La mayoría de las personas hoy no rechazan conscientemente a Dios. Simplemente van a la deriva por la vida, abrumadas por la actividad, la responsabilidad y múltiples distracciones. Los días se llenan de trabajo, obligaciones, plazos y del esfuerzo por construir una vida segura. Cuando el trabajo se detiene, las pantallas toman el control. La información reemplaza al silencio. La distracción reemplaza a la atención. La vida sigue avanzando, pero silenciosamente está siendo consumida.




Jesús habla directamente a esta condición con una claridad inquietante: «Tienen ojos, pero no ven; tienen oídos, pero no oyen» (Marcos 8:18). No está criticando la inteligencia ni el esfuerzo. Está describiendo una forma de vivir en la que las personas están constantemente estimuladas, pero rara vez atentas; constantemente informadas, pero rara vez transformadas.


Ven muchas cosas, pero no perciben lo que realmente importa. Escuchan muchas voces, pero no escuchan a Dios.


En la enseñanza de Jesús, la vida no suele perderse por una rebelión dramática contra Dios. Se pierde lentamente, casi de manera invisible, al ser desplazada. En la parábola del sembrador, Jesús explica que la palabra es ahogada por «los afanes de este mundo, el engaño de las riquezas y los deseos de otras cosas» (Marcos 4:19).


Estos no son pecados escandalosos. Son presiones ordinarias: la preocupación por la estabilidad, la búsqueda de comodidad, el miedo a quedarse atrás, el deseo de compararse con los demás. Con el tiempo, llenan el corazón de tal manera que ya no queda espacio para Dios.


Muchas personas viven como si el tiempo fuera abundante y la vida segura. Los planes se extienden hacia el futuro. El sentido se pospone. La conversión y el arrepentimiento se retrasan. Jesús interrumpe esta ilusión con una advertencia contundente. En la parábola del rico insensato, Dios dice: «¡Necio! Esta misma noche te reclamarán la vida» (Lucas 12:20). El error del hombre no es el éxito ni la previsión. Es vivir como si la vida le perteneciera y el mañana estuviera garantizado.


Porque la vida es frágil, Jesús dirige continuamente la atención al momento presente: «No se preocupen por el mañana… Cada día tiene ya sus propios problemas» (Mateo 6:34). Esto no es una invitación a la irresponsabilidad. Es una invitación a la conciencia. El mañana puede no llegar. Hoy es el lugar donde la vida se da y donde Dios se encuentra.


Sin embargo, Jesús no enseña que el propósito de la vida sea simplemente conservarla. Traza una línea clara entre existir y vivir verdaderamente: «¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida?» (Marcos 8:36). Una persona puede tener éxito, acumular bienes y ser admirada, y aun así perder lo que más importa a Dios.


Ante la tumba de Lázaro, Jesús revela lo que entiende por vida en su sentido más profundo: «Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí no morirá jamás» (Juan 11:25–26). Jesús no niega la muerte física. La redefine. El cuerpo puede debilitarse y fallar, pero la vida que proviene de Dios no puede ser destruida.


Por eso Jesús dice: «Yo he venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia» (Juan 10:10). La vida abundante no significa facilidad, comodidad ni ausencia de sufrimiento. Jesús pronuncia estas palabras mientras avanza hacia la cruz. Vida abundante significa una vida arraigada en Dios, una vida que el sufrimiento no puede vaciar, una vida cuyo sentido no puede ser arrebatado.


Jesús deja claro que esta vida no es solo futura. «El reino de Dios está entre ustedes» (Lucas 17:21). Donde Dios reina, la vida eterna ya está presente. La vida eterna no comienza después de la muerte, sino con la relación: «Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero» (Juan 17:3).


Jesús describe la vida eterna en términos simples y presentes: «Mis ovejas oyen mi voz; yo las conozco y me siguen. Yo les doy vida eterna y no perecerán jamás» (Juan 10:27–28). La vida eterna es ser conocido por Dios, escuchar su voz y elegir cada día seguirlo. No son ideas abstractas. Son realidades vividas.


Porque la muerte es real y la vida es frágil, Jesús da un mandato sencillo: «Velen» (Mateo 24:42). No con miedo. No con ansiedad. Despiertos. Vivir sabiendo que el tiempo es un don, que cada día importa y que la vida no es infinita.


Jesús no pide a las personas que abandonen su trabajo, sus familias o sus responsabilidades. Les pide que no vivan como si estas cosas fueran su vida ni que las coloquen por encima de Dios. Advierte contra construir la identidad sobre lo que logramos, poseemos o controlamos, porque nada de eso permanece. En cambio, nos llama a confiarle nuestra vida a Dios y a dejar de aferrarnos a una vida que no puede perdurar.


Como dice Jesús en el Evangelio de Mateo 16:25:


«El que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por causa de mí, la encontrará».


Escuchar a Jesús es recibir sus palabras como vida y verdad. Él mismo afirma que sus palabras son espíritu y vida, y que no basta con oírlas, sino que deben ser acogidas y guardadas. Escucharle implica atender con un corazón dispuesto, no endurecido, y permitir que su palabra juzgue, corrija y guíe. Quienes oyen su voz y la reciben no caminan en tinieblas, sino que tienen la luz de la vida.


Seguir a Jesús comienza con creer en Él. Jesús llama a creer no solo en lo que enseña, sino en su persona, como el enviado del Padre, el camino, la verdad y la vida. Creer en Él es confiarle la propia vida y reconocer su autoridad. Por eso, su llamado va acompañado del arrepentimiento: volverse a Dios, abandonar el pecado y recibir el reino que se ha acercado. Este cambio no es solo emocional, sino un giro real del corazón y de la dirección de la vida.


Jesús deja claro que seguirlo implica negarse a sí mismo. “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame”. Negarse a sí mismo no es despreciar la vida, sino dejar de vivir centrado en el propio interés. Tomar la cruz significa aceptar la obediencia a Dios incluso cuando tiene un costo, sabiendo que quien pierde su vida por causa de Él, la encontrará.


Seguir a Jesús es escuchar sus palabras y ponerlas en práctica. Él compara a quien oye y obedece con un hombre prudente que edifica su casa sobre la roca. Sus mandamientos orientan la vida diaria: amar a Dios con todo el corazón, amar al prójimo como a uno mismo, perdonar, decir la verdad, vivir con misericordia y confiar en el Padre. Jesús no separa el amor de la obediencia: quien lo ama, guarda su palabra.


Además, Jesús llama a permanecer en Él. Así como los sarmientos no pueden dar fruto separados de la vid, nadie puede dar fruto si no permanece en Él. Permanecer implica vivir en una relación constante de dependencia, escuchando su palabra y confiando en el cuidado del Padre. De esta comunión brota una vida que da fruto y permanece.


Finalmente, Jesús promete vida eterna a quienes oyen su voz y lo siguen. Esta vida no comienza después de la muerte, sino ahora, en la relación con Él. Aunque el cuerpo muera, quien cree en Él vivirá. Seguir a Jesús no es adoptar una idea ni solo un camino moral, sino recibir la vida que Él da, una vida que el sufrimiento no puede destruir y que la muerte no puede arrebatar.


Así, quien escucha la voz de Jesús y lo sigue recibe lo que Él mismo promete: vida verdadera, una vida que comienza ahora y permanece para siempre.

 
 
 

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