Jesús es la resurrección y la vida; el que cree en Él, aunque muera, vivirá
- Elías

- hace 15 horas
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Hay momentos en la vida en los que Dios nos despierta. A veces lo hace con una enfermedad, con una pérdida, con una noticia difícil, con el cansancio del cuerpo o con la conciencia de que la vida no está bajo nuestro control.
Jesús habló con mucha claridad sobre esto. Jesús no dijo que la vida terrenal fuera eterna, ni que el cuerpo humano no pudiera fallar. Al contrario, nos llamó a vivir despiertos, preparados y con el corazón puesto en Dios.
“Velad, porque no sabéis a qué hora ha de venir vuestro Señor” (Mateo 24:42).
La vida se nos puede ir mientras estamos ocupados en otras cosas. Podemos pasar años pensando en el trabajo, la familia, la salud, los planes, el dinero, los problemas y el futuro. Todo eso puede parecer urgente. Pero Jesús nos recuerda que hay algo más importante que todo: el alma.
“¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma?” (Marcos 8:36).
Esta pregunta de Jesús nos pone frente a la verdad. Una persona puede ganar muchas cosas en esta vida y aun así perder lo más importante. Puede tener planes, posesiones, familia, nombre, historia y deseos de seguir viviendo, pero si no está reconciliada con Dios, le falta lo esencial.
Jesús dejó claro que esta vida no es el destino final. Esta vida es frágil. La vida eterna es lo que permanece.
Por eso dijo:
“No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el óxido corrompen, y donde ladrones minan y hurtan; sino haceos tesoros en el cielo” (Mateo 6:19-20).
El problema no es amar la vida. El problema es vivir como si esta vida fuera todo. El problema es aferrarse al cuerpo, al tiempo o al control, y olvidarse de Dios.
Jesús contó la parábola de un hombre rico que pensaba que tenía muchos años por delante. Había acumulado bienes y se decía a sí mismo que podía descansar, comer,
beber y disfrutar.
Pero Dios le dijo: “Necio, esta noche vienen a pedirte tu alma” (Lucas 12:20).
Jesús no contó esa parábola para asustarnos, sino para despertarnos. Nadie tiene garantizado el mañana. Por eso también dijo:
“No os afanéis por el día de mañana” (Mateo 6:34).
Cada día importa. Cada momento importa. Cada oportunidad de volver a Dios importa. El día para arrepentirse no es algún día lejano. El día es hoy.
Desde el comienzo de su predicación, Jesús llamó al arrepentimiento:
“Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado” (Mateo 4:17).
Arrepentirse es mirar la propia vida delante de Dios y reconocer la verdad. Es identificar lo que hemos hecho mal, empezando por lo que hemos hecho mal al prójimo. Reconocer que todos hemos causado daño. Las palabras duras. El orgullo. La falta de amor. Las heridas no sanadas. El egoísmo. Las veces que hemos ignorado a Dios y a los demás.
Jesús tomó esto tan en serio que dijo:
“Si traes tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda... y reconcíliate primero con tu hermano” (Mateo 5:23-24).
Esto muestra que para Jesús el arrepentimiento no es abstracto. No es solo una idea religiosa. Es real. Toca nuestras relaciones. Toca lo que hemos hecho. Toca a quienes hemos herido. Volver a Dios implica también querer reparar, pedir perdón cuando sea posible, soltar el orgullo y buscar la reconciliación.
Pero el arrepentimiento no nos salva por sí solo. Reconocer el pecado es necesario, pero no basta. Necesitamos a Jesús.
Jesús dijo:
“Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (Juan 14:6).
Aceptar a Jesús como Señor y Salvador significa reconocer que no podemos salvarnos solos. Significa confiar en Él.
Significa creer que su muerte en la cruz fue el sacrificio por el perdón de nuestros pecados.
Jesús mismo dijo que vino “para dar su vida en rescate por muchos” (Marcos 10:45).
La cruz es el lugar donde Dios muestra la gravedad del pecado y la profundidad de su amor. Allí Jesús carga con lo que nosotros no podíamos pagar. Allí se abre el camino del perdón. Allí el pecador arrepentido puede mirar a Cristo y encontrar misericordia.
Uno de los ejemplos más poderosos está en el ladrón que murió junto a Jesús.
Había dos hombres crucificados con Él. Uno se burlaba. El otro reconoció la verdad. Reconoció que él sí merecía su condena, pero que Jesús no había hecho nada malo.
Entonces le dijo:
“Señor, acuérdate de mí cuando vengas en tu reino” (Lucas 23:42).
Y Jesús le respondió:
“Hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lucas 23:43).
Ese hombre no tuvo años para rehacer su vida. No pudo bajar de la cruz para hacer obras. No pudo demostrar nada ante la sociedad. Pero hizo lo esencial: reconoció su culpa, miró a Jesús con fe, lo llamó Señor y puso su esperanza en su Reino.
Y Jesús lo recibió.
Ese momento revela el corazón de Cristo. Nunca es tarde para venir a Jesús con un corazón sincero. Pero también revela algo urgente: no hay que esperar. El ladrón fue recibido al final de su vida, sí. Pero no porque el final sea un buen momento para postergar a Dios, sino porque la misericordia de Jesús es tan grande que alcanza incluso al que llega en la última hora.
Jesús dijo:
“Al que a mí viene, no le echo fuera” (Juan 6:37).
Esa es una promesa. No dice que recibirá solo al fuerte, al perfecto, al que nunca falló o al que tiene todo resuelto. Dice: al que viene a mí.
Venir a Jesús es creer en Él. Es confiar en Él. Es arrepentirse.
Es entregarle la vida. Es aceptar que necesitamos perdón. Es dejar de escondernos detrás del orgullo, de la excusa, del miedo o del control.
También es confiar en Dios.
Jesús dijo:
“No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí” (Juan 14:1).
Y también dijo:
“No temas; cree solamente” (Marcos 5:36).
Confiar en Dios no significa que entendemos todo. No significa que no tenemos miedo. No significa que no lloramos. Confiar en Dios significa que, aun cuando no podemos controlar lo que viene, ponemos nuestra vida en las manos del Padre.
Jesús mismo lo hizo en la cruz:
“Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lucas 23:46).
Esa es una de las oraciones más profundas que puede hacer una persona. No es derrota. Es entrega. Es confianza. Es decir: “Padre, ya no puedo sostenerlo todo, pero tú sí puedes sostenerme a mí.”
Jesús también enseñó que el Reino de Dios es lo primero:
“Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia” (Mateo 6:33).
El Reino de Dios no es solo una idea futura. Es el gobierno de Dios sobre el corazón. Es dejar que Dios reine sobre nuestros miedos, decisiones, pecados, deseos y esperanzas. Es vivir bajo su verdad. Es prepararse para estar con Él.
La vida eterna no es simplemente “vivir más tiempo”. Jesús la definió así:
“Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado” (Juan 17:3).
La vida eterna empieza con conocer a Dios por medio de Jesús. Empieza cuando el corazón se vuelve a Cristo. Empieza cuando dejamos de confiar en nosotros mismos y confiamos en Él.
Jesús dijo:
“Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque muera, vivirá” (Juan 11:25).
Esta es la esperanza cristiana. No que el cuerpo nunca sufra. No que la medicina siempre pueda curar. No que tendremos control sobre todo. La esperanza es Cristo.
La esperanza es que quien cree en Él no queda perdido en la muerte, sino guardado para la vida eterna.
Por eso, cuando la vida se vuelve frágil, la pregunta más importante no es solo: “¿Cuánto tiempo me queda?”La pregunta más importante es: “¿Estoy en Cristo?”
No es solo: “¿Qué más puedo hacer para conservar mi vida?”Sino: “¿He entregado mi vida a Dios?”
No es solo: “¿Estoy listo para seguir luchando?”Sino: “¿Estoy listo para encontrarme con mi Señor?”
Jesús no vino a condenar al que se arrepiente. Vino a salvar.
“El Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido” (Lucas 19:10).
Por eso hoy es el día de volver a Dios. Hoy es el día de reconocer nuestras faltas. Hoy es el día de pedir perdón. Hoy es el día de perdonar. Hoy es el día de reconciliarse. Hoy es el día de aceptar a Jesús como Señor y Salvador. Hoy es el día de confiar en su sacrificio en la cruz para el perdón de nuestros pecados.
No hay nada más importante.
Todo lo demás pasa. El cuerpo pasa. La fuerza pasa. El dinero pasa. Los planes pasan. El orgullo pasa. La opinión de los demás pasa. Pero la palabra de Jesús permanece.
“El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán” (Mateo 24:35).
Y sus palabras son vida.
Si alguien no sabe cómo volver a Dios, puede empezar con una oración sencilla y verdadera:
Padre nuestro, que estas en el cielo, reconozco que he pecado. Reconozco que he hecho mal, a muchas personas, y que he faltado tus mandamientos. Me arrepiento de corazón por todos y cada uno de mis pecados. Creo en Jesús y en que Jesús fue crucificado para el perdón de mis pecados. Creo que Jesús resucitó y que Jesús es la resurrección y la vida. Yo acepto a Jesús, como mi Señor y Salvador, y acepto el sacrificio que Él hizo al morir en la cruz para el perdón de mis pecados. Padre, en el nombre de Jesús te pido, acuérdate de mí en tu Reino. Amén.
Jesús recibió al ladrón en la cruz cuando este lo miró con fe.
Jesús recibe al pecador arrepentido. Jesús perdona. Jesús salva. Jesús da vida eterna.
Por eso, no endurezcamos el corazón. No dejemos para mañana lo más importante.
No vivamos aferrados a este mundo, cuando Dios nos llama a la vida eterna.
Hoy es el día de escuchar su voz.
Hoy es el día de volver al Padre.
Hoy es el día de confiar en Jesús.
Porque la vida verdadera no está en aferrarse a lo que se acaba.
La vida verdadera está en Cristo, y la vida que Él da permanece para siempre.



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