¿Ves a la persona o la diferencia?
- Elías

- hace 5 días
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El problema es real, muy real. Mucha gente lo experimenta constantemente, no con hostilidad abierta, sino con algo más sutil. Un comentario casual, una suposición educada, una pequeña observación que parece inofensiva pero que discretamente marca la diferencia. No siempre se trata de un prejuicio manifiesto, sino de una forma sutil de alienación, socialmente aceptable, casi invisible, y precisamente por eso duele tanto.

A menudo suena así: "¿De dónde eres realmente?"
Estos no son insultos a gritos. Son sutiles señales de distancia. Implican que, antes de ser visto como persona, se te evalúa como "diferente". Con el tiempo, estos pequeños comentarios se acumulan y forman líneas invisibles entre quienes se sienten plenamente incluidos y quienes se mantienen educadamente al margen.
Esto no es solo un problema social. También es espiritual. Revela la facilidad con la que clasificamos a las personas por su familiaridad en lugar de reconocer su igual dignidad.
Al analizar el mensaje de Jesús en los Evangelios, vemos que él confrontó constantemente esta misma tendencia. No se limitó a hablar del amor en abstracto. Lo encarnó traspasando deliberadamente las barreras sociales, étnicas y morales que la gente de su tiempo mantenía con esmero.
Habló con la mujer samaritana a pesar de la profunda hostilidad entre sus grupos. Elogió la fe de un centurión romano, extranjero y forastero. Tocó a los leprosos que eran considerados intocables. Comió con recaudadores de impuestos y pecadores que eran rechazados socialmente.
En cada caso, Jesús restauró la dignidad donde la sociedad había impuesto distancia. Vio individuos donde otros veían categorías.
La parábola del Buen Samaritano lo deja claro. El héroe compasivo es precisamente aquel considerado religiosa y culturalmente como «otro». Jesús obliga a sus oyentes a confrontar una verdad difícil: la bondad, la compasión y el valor no se limitan a quienes pertenecen a nuestro grupo. El prójimo no se define por la similitud, sino por la humanidad compartida.
Este mensaje es profundamente relevante hoy en día, no solo para la sociedad en general, sino también dentro de las comunidades religiosas. Irónicamente, quienes siguen un mensaje de amor universal a veces pueden trazar sus propias sutiles líneas divisorias. Se hacen distinciones entre cristianos y no cristianos, entre una denominación y otra, entre quienes se consideran dentro y quienes se consideran fuera. A veces, las personas incluso hablan o actúan como si los demás fueran menos dignos, menos iluminados o menos aceptados por Dios.
Sin embargo, esta actitud contrasta con el ejemplo de Jesús. Nunca limitó la dignidad a quienes ya creían como él. Acogió a quienes buscaban, a quienes dudaban, a extranjeros y a quienes pertenecían a otras tradiciones. Respondió a la fe dondequiera que la encontrara, incluso fuera de los límites religiosos habituales. Sus interacciones demostraron constantemente que la compasión de Dios no se limita a una etiqueta ni a un grupo.
Por lo tanto, es necesario un llamado, especialmente a los creyentes religiosos, y en particular a los cristianos. Si el mandato fundamental de Jesús es amar al prójimo, ese amor no puede limitarse a las líneas doctrinales ni a las identidades denominacionales. Debe extenderse a todas las personas, independientemente de si comparten las mismas creencias, antecedentes o tradiciones.
La verdadera fe debe ensanchar el corazón, no estrecharlo. Debe aumentar la humildad, no la superioridad. Debe conducir a una empatía más profunda, no a un juicio silencioso. Cuando la identidad religiosa se convierte en una razón para distanciarnos de los demás, corremos el riesgo de contradecir el mismo mensaje que decimos seguir.
La enseñanza de Jesús invita a los creyentes a examinar no solo los prejuicios evidentes, sino también las sutiles maneras en que categorizamos mentalmente a las personas como «nosotros» y «ellos». El llamado es ver primero a un ser humano creado con igual dignidad, antes de ver una etiqueta como extranjero, forastero o incluso no creyente.
Esto no implica abandonar convicciones ni creencias. Requiere abrazarlas con humildad y expresarlas con amor. Significa reconocer que el camino de cada persona es complejo y que el respeto y la compasión son siempre el punto de partida adecuado.
En un mundo donde las diferencias de cultura, idioma y creencias son cada vez más visibles, el mensaje de Jesús sigue siendo profundamente desafiante. La dignidad no debe depender de la similitud. La empatía no debe limitarse a la familiaridad. El respeto no debe reservarse solo para quienes pertenecen a nuestro círculo o comparten nuestra fe.
Seguir fielmente sus enseñanzas es ampliar el círculo de la compasión. Es asegurar que nuestras palabras, actitudes e incluso nuestros pequeños comentarios casuales reflejen un profundo e inquebrantable respeto por cada persona. Solo entonces vivimos verdaderamente la radical simplicidad de su mandato: amar a nuestro prójimo, no porque sea como nosotros, sino porque es igualmente humano e igualmente valioso.



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